Ciudad Juárez, Chih, 15 de marzo 2026– La violencia contra las mujeres en Ciudad Juárez está mostrando un rostro cada vez más doloroso y preocupante: el de las jóvenes de entre 19 y 35 años de edad. Ese grupo concentra buena parte de las denuncias, llamadas de auxilio y carpetas de investigación que llegan a las instancias de atención, una realidad que, de acuerdo con la directora general del Instituto Municipal de las Mujeres, Elvira Urrutia Castro, se refleja con mayor intensidad en el suroriente de la ciudad, donde confluyen colonias jóvenes, alta densidad poblacional y una profunda dinámica social marcada por largas jornadas de trabajo, traslados extenuantes y ausencia de redes de apoyo.
La funcionaria explicó que los datos recabados por la institución muestran que la mayoría de las carpetas de investigación y de los reportes al número de emergencia 911 provienen de zonas que ya han sido identificadas como prioritarias, principalmente en sectores del suroriente, como Riberas del Bravo, así como en áreas del poniente de la ciudad. Sin embargo, puntualizó que estas cifras no deben interpretarse de manera simplista ni como una afirmación de que en esos puntos exista necesariamente más violencia que en otras partes de Juárez, sino también como un reflejo de que ahí sí se está denunciando más.
Urrutia Castro subrayó que una de las constantes más claras en la atención que brinda el Instituto es que las mujeres que más se acercan a solicitar apoyo, orientación o acompañamiento se ubican en el rango de los 19 a los 35 años, es decir, en edades jóvenes. Esta realidad, indicó, está íntimamente relacionada con la composición social de las zonas del suroriente, donde predominan familias jóvenes, parejas en etapas tempranas de formación y comunidades en expansión que han crecido aceleradamente al ritmo del desarrollo urbano de la ciudad.
En ese sentido, explicó que el suroriente concentra condiciones que obligan a una lectura más profunda del fenómeno. Se trata de sectores con un alto nivel poblacional, con viviendas ocupadas por familias que en muchos casos enfrentan jornadas laborales intensas en la industria maquiladora, tiempos de traslado prolongados y esquemas de vida que dejan a hijas e hijos muchas horas sin acompañamiento directo. A ello se suma el constante movimiento de personas que llegan de otras ciudades o estados y que, al instalarse en Juárez, lo hacen sin una red familiar o comunitaria de apoyo, lo que incrementa la vulnerabilidad de muchas mujeres.
La directora del IMM insistió en que la estadística debe analizarse con responsabilidad. Señaló que el hecho de que en el suroriente y en otros sectores se registren más denuncias no significa automáticamente que ahí habiten personas más violentas que en el resto de la ciudad. Lo que también revelan esos números, sostuvo, es que en esas comunidades existe una mayor disposición a denunciar, a visibilizar la agresión y a buscar ayuda institucional, algo que no necesariamente ocurre con la misma intensidad en otros puntos del municipio donde la violencia puede estar presente, pero permanecer oculta por miedo, silencio o falta de acceso a la atención.
Bajo esa perspectiva, el Instituto Municipal de las Mujeres ha reforzado su trabajo preventivo y comunitario en las zonas con mayor incidencia. Elvira Urrutia detalló que la dependencia mantiene proyectos permanentes de prevención en el suroriente, con acciones directas en escuelas, centros comunitarios y espacios de atención enfocados en fortalecer la cercanía con las mujeres. Además, recordó que el IMM cuenta con cuatro puntos de atención en sectores estratégicos, entre ellos una oficina en Riberas del Bravo, otra en Zaragoza y espacios en el área de Talamás Camandari, con el objetivo de acercar los servicios a quienes más los necesitan.
La funcionaria agregó que el fenómeno de la violencia no puede desligarse de las condiciones sociales y económicas de las comunidades donde se presenta. El ritmo de vida en amplios sectores de Juárez, dijo, obliga a mujeres y hombres a pasar gran parte del día trabajando, especialmente en la maquila, mientras dedican tiempo considerable al transporte diario. Esa dinámica repercute en la vida familiar, en el cuidado de los hijos y en la forma en que se construyen o se debilitan los vínculos de apoyo dentro del hogar y la comunidad.
A esa realidad se suma, precisó, el caso de muchas mujeres que llegan a la ciudad desde otros lugares y que comienzan una nueva vida sin contar con una red de respaldo cercana. Esa ausencia de apoyo familiar o social puede colocarlas en mayor riesgo frente a situaciones de violencia, aislamiento o dependencia. Por ello, el Instituto impulsa estrategias como las Redes de Mujeres Constructoras de Paz y los Espacios de Paz, particularmente en Riberas del Bravo, donde se busca fortalecer la organización comunitaria, la prevención y el acompañamiento entre mujeres.
El enfoque del IMM, sostuvo Urrutia Castro, no se limita únicamente a reaccionar ante los casos ya consumados, sino a intervenir desde etapas tempranas para evitar que la violencia escale. En esa ruta, la denuncia ocupa un papel central. La directora remarcó que el momento en que una mujer identifica la agresión, la nombra y decide denunciarla representa el primer paso de la prevención y de la atención institucional. Visibilizar la violencia y romper el silencio, expuso, permite activar mecanismos de protección que pueden impedir que una situación de maltrato avance hacia desenlaces extremos.
La relevancia de la denuncia, enfatizó, es incluso mayor cuando se considera que puede convertirse en una barrera frente al feminicidio. Desde la primera señal, desde el primer acercamiento a una oficina, desde la primera llamada de ayuda, explicó, se abre la posibilidad de atender el caso, contener el riesgo y ofrecer herramientas de protección. En otras palabras, denunciar no solo documenta la violencia: puede salvar vidas.
La concentración de reportes en el suroriente y en sectores del poniente, así como la presencia predominante de mujeres jóvenes entre las víctimas o denunciantes, revela un mapa de atención urgente para las autoridades y para la sociedad. Más allá del dato frío, lo que emerge es una radiografía social en la que convergen juventud, precariedad de redes de apoyo, presión laboral, crecimiento urbano acelerado y la necesidad de reforzar la cultura de la denuncia.
Frente a este panorama, el Instituto Municipal de las Mujeres mantiene una estrategia de intervención territorial que busca no solo atender las consecuencias, sino actuar sobre las causas estructurales que rodean la violencia. La apuesta institucional, según lo planteado por su directora, pasa por fortalecer la comunidad, ampliar los puntos de atención, promover la denuncia y construir entornos de paz donde las mujeres, especialmente las más jóvenes, no tengan que enfrentar solas el peso de la agresión ni el riesgo de quedar atrapadas en el silencio.
En una ciudad marcada por profundas transformaciones urbanas y sociales, el dato de que las mujeres de 19 a 35 años son quienes más aparecen en las denuncias debe leerse como una señal de alarma, pero también como una llamada a reforzar la prevención. Porque detrás de cada carpeta de investigación, detrás de cada llamada al 911 y detrás de cada oficina del IMM que recibe un caso, hay una historia que intenta no terminar en tragedia. Y en esa batalla, reconocer la violencia, denunciarla y actuar a tiempo sigue siendo la línea más decisiva entre el riesgo y la posibilidad de salvar una vida.
